Cruz de olvido
Existen muchos aspectos propios de la vida que se manifiestan en el futbol. No es cuestión de fanatismo sino simplemente de sentir empatía con la idea de que algo más grande que tú mismo te rebase y supere, la necesidad de descargar las emociones a través del símbolo colectivo que es un equipo de futbol. Símbolo que representa una manera de ver y concebir el mundo y la vida, al cual le son inherentes una serie de valores que hacen la vida perdurable, significativa y en algunos casos hasta agradable. En realidad, no sólo el futbol, sino el deporte mismo nos enseña lecciones de vida que tienen que ver con su significado y una manera más plena y decidida de vivirla. De un tiempo para acá, he asociado las enseñanzas de observar y vivir el futbol como una manera de comprender las relaciones humanas. Considero que los seres humanos nos definimos por lo que hacemos y sobretodo, nos definimos cuando tenemos que tomar decisiones en momentos extremos (algo así como lo que Jaspers denomina la “situación límite”). Podemos tomar buenas o malas decisiones e incluso incurrir en estupideces (1), pero propiamente lo pernicioso o negativo es dejar que alguien más decida por uno mismo o simplemente dejarse llevar por la inercia de lo cotidiano. Rasgos de esta naturaleza se manifiestan en toda actividad humana, pero el punto principal es que esto es palpable en las actividades colectivas que traen consigo, a su vez, rasgos de una simbología cultural que llevamos impresa en nuestro ser. Es posible que una existencia transcurra sin pena ni gloria, pero que sin embargo, encuentre momentos sobre los cuales alzarse sobre todas las cosas y darle un nuevo sentido a la vida. Tal es la historia de mi afición al Cruz Azul; el equipo de mi infancia al cual sólo he visto campeón una sola vez en mi vida, y que por lo tanto subsiste básicamente de sus glorias pasadas. Entonces, la pregunta es ¿porqué irle a un equipo que no ofrece más que mínimas oportunidades de triunfo? Esta es, por supuesto, una pregunta sin respuesta. No es algo que se pueda comprender, simplemente se hace o no se hace. La temporada pasada en la que el Cruz Azul llegó a la final en contra del Santos, mi afición parecía recobrar sentido, pues tras 10 años de privaciones, teníamos la oportunidad de alzarnos en contra de un destino cargado de decepciones y malos ratos. Sin embargo, como hace una década, perdimos contra un equipo que por lo menos, jugaba bien al futbol. Esa no es una justificación ni mucho menos; a estas alturas, prefiero que mi equipo juegue mal y gane, a que juegue bonito y pierda, teniendo en consideración claro, que en el futbol la estética no se asocia necesariamente con la eficacia, de otro modo, ¿cómo se explicarían los últimos dos títulos de Liga que no ganó el Real Madrid sino que perdió el Barcelona? A esos puntos de desesperación hemos llegado quienes nos abocamos a esta maldita necedad de irle a un equipo perdedor, empecinado en decepcionarnos al presentarse la más mínima ilusión. La conclusión a la que llegué después de que mi pensamiento se aclaró pasado el desenfreno de los festejos (festejar en la pérdida es una cualidad de los románticos), fue que por lo menos, la entereza ante la derrota, habla de un bien moral que consiste en entregarte en tu desempeño independientemente de que el otro sea mejor que tú. Después de una época de esterilidad, miseria y olvido, para poder aspirar a los campeonatos hay que jugar las finales: en las fases decisivas de la vida, por lo menos, es necesario tener la oportunidad de callarle la boca al destino. Afirmaríamos los idealistas que es preferible desafiar a lo adverso con la integridad de un Gerardo Torrado o un Carles Puyol, que la esporádica timidez de un crack como Ronaldinho en la final de la Champions contra el Arsenal, que desaparece en los momentos clave. En este punto de vista, claro está, no deja de estar presente un dejo de pragmatismo. Al iniciar la temporada, tuve un destello de ilusión al ver que mi equipo no estaba obsesionado por todo aquello que había salido mal y estaba dispuesto a reinventarse y volver a intentarlo. Otra manifestación del devenir de la vida: todo siempre puede salir bien o mal, el resultado adverso no implica que dejes de buscar una nueva oportunidad; mientras más rápido te reincorpores al juego, mejor: esta es propiamente una fiel expresión del pragmatismo en el cual creo. Te pueden despedir de tu trabajo o puedes cortar con tu novia, lo verdaderamente importante es volver a buscar una nueva oportunidad. Sé que esto suena como una máxima propia de un manual de superación personal, pero no hay que ignorar que esto es precisamente una de las cosas más difíciles de lograr en la vida, por su misma naturaleza individual y existencial, son experiencias únicas y originales en cada persona, que en dado caso, son comprensibles cuando las vemos ejemplificadas de tal manera que podemos aprender de ellas para que cada quien las aplique en su vida como crea conveniente; a final de cuentas, si bien uno no elige las circunstancias de su vida, eso sí, cada quien decide cómo quiere vivir. No elegí irle al Cruz Azul, como si eso se tratara de una opción, en realidad, sentí el llamado para alegrarme y sufrir con mi equipo a través de una institución que representa los valores en los que creo; esto define porque no le voy al América o al Real Madrid, símbolos del poder autoritario, del servilismo político y el cacicazgo que no admite crítica alguna y que todo lo que compra lo echa a perder, con excepción, claro está, del mejor futbolista de los últimos años, ¿no es así Zidane?. Equipos como el Cruz Azul o el Barcelona, nos demuestran que es posible oponerse ante las muestras de soberbia de los poderosos con inteligencia, un poco de descaro y enseñando un camino alterno a las formas generalizadas de la política y la economía, no por nada la Cooperativa del Cruz Azul es una de las empresas mexicanas más exitosas que no dependen de la explotación vil de sus empleados y que a su vez no ha fundado su éxito en prestanombres del Gobierno, como bien lo entiende el Club Pachuca. Lo único que exigen estos equipos es la capacidad del corazón para soportar las batallas cruentas en contra del propio destino. Tan sólo me basta recordar la final de la Champions entre el Liverpool y el Milan, esa bella imagen de Gerrard arengando a sus compañeros después del 1-3, me habla precisamente de cómo a final de cuentas, las auténticas batallas del destino se ganan con el corazón. Al final del día, si el corazón mismo no se percata que es el momento de darlo todo en una sola partida, entonces la pelea está perdida, aunque ganes. ¿Cómo es posible entregarse a un equipo que no se entrega?, esta es la pregunta que arremete en mi conciencia ahora mismo que contemplo la pérdida como una rutina más de la vida. Y lo digo porque el América nos volvió a ganar. En su peor momento futbolístico, el América nos la jugó de nuevo y lo peor de todo es que no me extraña. No quiero reparar en el miedo de Sabah o en la domesticación de nuestros delanteros, una vez más inofensivos y perdidos en la cancha como quien está en el lugar equivocado. No me perderé en argumentos técnicos o malabarismos retóricos para explicar algo que ante mis ojos es muy sencillo: el Cruz Azul no tiene corazón. Me duele pensarlo, pero se acabaron los tiempos en los que se amaba hasta en los peores momentos. Como en la vida misma, existen momentos que nos enseñan a saber que una lucha es estéril si el otro no se entrega, por lo tanto, es sabio elegir retirarse, eso sí, tomando por lo menos la última cerveza del refrigerador y recordar por última vez, lo felices que fuimos juntos. No espero el día en el que el Cruz Azul gane una final, porque lo sé, no será lo mismo; quizás si le ganase la final al América por goleada como en el 72, pero sé que esa es una gracia que no se me concederá nunca. Quizás algún día tenga el valor de revocarle mi afición al Cruz Azul, puede ser que ese sea el día más luminoso de mi vida futbolera, sin embargo, es posible que ese mismo día, me deje de gustar el futbol.
1. Una buena decisión es la determinación del Tuca para pegarle al balón y meter ese golazo en la final de los Pumas contra el América e incluso, festejo la patada voladora de Cantona al
aficionado ebrio. Una mala decisión es pretender regatearle un balón a Messi o querer techar a Buffon. Una decisión estúpida es la salida precipitada de Higuita contra Camerún, el fallido gol de
Kalusha o la embestida de Zidane.

