Educar en un tiempo neoliberal globalizado
Educar en este siglo no es lo mismo que hace cien años, ni siquiera que hace 15 ó 20. En este Tercer Milenio, las
personas, las instituciones y las sociedades todas nos enfrentamos a nuevos desafíos. La educación no queda al margen de este hecho. Ignorar los retos que el nuevo contexto sociocultural, político y
económico lanza a los educadores, sería condenarnos a quedar relegados en la historia.
Quisiera rescatar y poner de relieve algunas interrogantes que nos cuestionan profundamente a las instituciones educativas, en general, y a los educadores, en particular.
Hoy nos encontramos en un escenario de globalización. En este mundo globalizado todas las esferas de la actividad humana han adquirido dimensiones nunca antes vistas. La caída de los muros, la
supresión de barreras económicas y financieras, los avances de la ciencia y de la tecnología, las increíbles perspectivas abiertas por la información y la comunicación universal, nos han lanzado a un
universo prodigioso y desconocido, en el que fluye la información.
La globalización en sí no implica una connotación negativa; por el contrario, ofrece grandes posibilidades para el desarrollo de la humanidad. Pero lo que ha sucedido realmente es que no se han
respetado los valores fundamentales de las personas.
Los efectos de las políticas económicas del neoliberalismo han sido: mayor concentración de la riqueza, ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres –países y personas-, profundización del
individualismo, una dinámica competitiva deshumanizante, rechazo y descalificación de todo tipo de consideraciones éticas y valorales.
Ni las instituciones educativas, ni los educadores podemos eludir el tema y la realidad de la globalización y sus efectos. Como instituciones educativas se corre el riesgo de reproducir en su propio
contexto los mismos efectos que se están produciendo en el ámbito económico: concentrar el saber y el poder en unos cuantos, etiquetar y excluir a los débiles y a los diferentes, invertir los valores
–lo individual antes que lo colectivo, lo material antes que lo personal, etc.-. Hoy es común escuchar discursos sobre calidad, eficacia y eficiencia en espacios educativos, lo que de por sí no es
malo, todos debemos ir caminando en esa línea; sin embargo ese discurso está produciendo efectos en beneficio de unos y en perjuicio de otros. En nuestro mundo globalizado siempre son los mismos los
que pierden, tanto en el mundo de la ciencia y la tecnología (el conocimiento), como en el mundo de la adquisición de los bienes necesarios para la vida (comercio, mercado).
La gran pregunta hoy es, pues, ¿Cómo educar en medio de este proceso de neoliberalismo económico?
Lo primero es tomar conciencia y asumir que educar hoy es educar en un contexto de globalización. Estamos metidos hasta el tuétano en ella; pero debemos ser cuidadosos en no aceptar sin ningún reparo
todo lo que en este contexto se nos ofrece, bajo el riesgo de perdernos en un proceso de deshumanización acelerado.
Es fácil que las instituciones educativas y los mismos educadores corramos el riesgo de dejarnos absorber por los valores (anti-valores) y los criterios económicos dominantes, convirtiéndonos así en
cómplices de un sistema injusto. Es cierto que nos enfrentamos a procesos y situaciones que parecen tener un poder ilimitado, pero no por esto hay que abandonar la tarea. No podemos salirnos del
mundo y crear una burbuja de elegidos. Podemos y es nuestra responsabilidad, educar desde una óptica diferente.
Lo segundo, para contrarrestar las influencias y confrontaciones actuales es necesario tener un proyecto educativo y, en el caso de los educadores, personal bien definido que apoye una práctica
educativa adecuada y coherente.
Un proyecto alternativo en términos educativos deberá considerar, a mi parecer, los siguientes elementos:
a) Las instituciones educativas, por su propia naturaleza, deberán asumirse como espacios de formación humana integral. No es posible formar sólo en el aspecto académico
(transmitiendo información y/o generando conocimiento), tampoco es posible sólo entrenar al educando en el manejo de la tecnología, ni en el aprendizaje de ciertos métodos. Le corresponde también a
la escuela y al educador, la tarea de apoyar los procesos de conocimiento y maduración de los alumnos, de apertura y capacidad de diálogo (socialización) con la realidad –tanto física como
interpersonal-, la asimilación crítica de valores, creencias, tradiciones y propuestas; es decir, un abordaje más profundo de la cultura en la que hoy nos toca vivir.
b) Hablar de calidad, como se hace en nuestra época, tiene que ser tratado con mucho cuidado. Si entendemos la calidad, como se hace desde el ámbito económico, como un proceso que
beneficia sólo a algunos y excluye a otros, entonces estamos desubicados en cuanto a nuestra tarea. Es verdad que como instituciones educativas y como educadores debemos estar actualizados en
términos de contenidos, metodología, pedagogía, tecnología, etc. En términos educativos se habla de excelencia, el problema es que a veces se ha planteado sólo como excelencia académica, dejando de
lado a la persona en su integralidad y en su complejidad.
c) Asumir a la persona en toda su integralidad y en su complejidad, significa varias cosas. Por una parte, es tomar conciencia de que somos una realidad psico-orgánica, es decir,
somos un organismo (como cualquier otro), con sensibilidad, con inteligencia y con voluntad. Lo cual nos permite, facilita e impulsa a ser una realidad de relaciones. Dichas relaciones son
fundamentales para convertirnos en personas. Esas relaciones, que podríamos llamar fundamentales, son las siguientes: a) conmigo mismo, b) con las personas más cercanas a mí, c) con mi comunidad y
sociedad, d) con el medio ambiente, e) con los frutos y productos del trabajo del ser humano (cultura) y f) con el Absoluto (Dios).
d) Una parte de la labor fundamental de las instituciones educativas es la generación y transmisión del conocimiento, que permita a sus integrantes estar preparados para enfrentar y
resolver los problemas y situaciones que la vida les plantea. Es decir, ser competentes. En este campo no hay límites, el conocimiento, la ciencia y la tecnología no tienen límites. Sin embargo, la
competencia hoy es más bien entendida y vivida como competitividad sin límites; lo que produce un exacerbado individualismo y una ausencia de solidaridad. Se ha de recuperar el objetivo último del
saber: conocer la realidad para transformarla en beneficio de todos los seres humanos.
e) Distinguir con precisión los medios de los fines, es decir, el porqué y el para qué del conocimiento, de la ciencia, de la técnica, de la información, de la economía, de la
política, de la vida humana. Cuando invertimos las cosas, cuando los medios los convertimos en fines, convertimos a los seres humanos en esclavos de nuestros propios caprichos. Se requiere, pues, una
reflexión ética seria y permanente sobre los medios y los fines.
f) Tener presente que los valores actualmente en boga deben también ser revisados, cuestionados y discernidos. No podemos afirmar que nuestra sociedad actual no tiene valores, los
tiene –como todas las sociedades y en todos los tiempos-; sin embargo habrá que ver cuáles son ellos, cómo han sido jerarquizados, cómo se verbalizan y cómo se viven en lo cotidiano. Pensar que
incluir una materia de valores en el mapa curricular posibilitará un cambio en la dinámica, es como pensar que por escuchar un diagnóstico el enfermo sanará.
g) Junto a la tarea de enseñar a leer y escribir, cosa muy dificultosa hoy, las instituciones educativas están urgidas de enseñar a leer y escribir la realidad a todos sus
integrantes. Leer y escribir la realidad es asumir no sólo un marco teórico-conceptual, sino experiencial, valoral y personal crítico que permita a cada cual ser la mejor persona posible en su
contexto dado. Es colaborar para que cada participante en el proceso educativo se asuma como co-responsable de su realidad y de la realidad toda, desde el horizonte de la humanización.
h) Finalmente, a pesar de que en muchos países se plantea que la educación es un derecho para todos, hoy es una realidad que el neoliberalismo ha excluido a muchos de este derecho
(y de muchos otros). Pensemos en dos realidades: los índices de deserción que tenemos y los costos directos e indirectos para educarse. Es irracional, por donde se le mire, que en la actualidad el
mundo ha llegado a los más altos niveles de producción de riqueza y, sin embargo, es cuando mayor es el número de empobrecidos. Sólo pensando en términos de inclusión –real y concreta- podremos
romper una dinámica de “selección socioeconómica”. Por ello, las instituciones educativas deben considerar en su proyecto las estrategias adecuadas para que sus integrantes busquen y trabajen por una
sociedad más justa y solidaria.
Las instituciones y los educadores que no asuman su responsabilidad histórica corren el riesgo, no sólo de perder el presente, sino de colaborar en la desaparición del futuro. No podemos ni debemos
escatimar esfuerzos, so pena de arriesgar el futuro de la especie humana.
Como actores sociales, las instituciones educativas y los educadores, deberemos buscar los lazos pertinentes con otros actores que nos permitan realizar nuestra tarea no sólo en función de un
proyecto económico determinado –como hoy se hace-, sino en función de qué seres humanos queremos ser en el presente y en el futuro. No es conveniente ni apropiado buscar un “culpable” de los males
que hoy nos afligen, sino generar una dinámica de responsabilidad compartida. La realidad somos todos y todos somos la realidad. Cuanto yo haga impacta en los otros, cuanto los otros hagan impacta en
mí. Nunca hemos sido vecinos, todos habitamos en la misma casa.
Lic. Víctor Mendoza

