Memorias

 

¡Oh, el silencio que se va esparciendo
Como un fino polvo de algodón sobre las cosas!
Que va, pacientemente posando
Su índice ancestral sobre los labios
De aquellos a que amamos y nos aman
—O alguna vez nos amaron—
Sobre lúbricas sábanas o alfombras mudas,      
Frente al fulgor agudo de un espejo
O rodeados de un armónico crujido de pisadas
Hollando las páginas de cristal
Del lento y paciente libro de la nieve.

Así lo que nos viste el cuerpo
O lo que nos humedece el alma sorprendida:
Los libros cercanos,
El fuego indómito y unánime,
Las flores pensadas
Y las frutas que elevaron su marea de amor sobre la lengua,
Van callando.

 

Y sólo queda entonces un humilde rumor
De aquello que fuimos
Frente a una ventana con lluvia,
Bajo la aurora de una voz pausada,
Del rubor de un verso o una canción en la penumbra
Que se aleja,
Y nos deja ver, a lo lejos ya,
El pañuelo blanco, amargo acaso,
De la despedida.

 

¡Oh, los viejos encantos
De la mano rozando la primera mano,
De los labios besando la primera sombra
Sobre un puente anochecido
En que el tiempo acordó una pausa alegre!

Pues, ¿Qué queda del hombre,
Del entusiasta espíritu del hombre,
Cuando hemos consentido en callar
Para finalmente,
Ver pasar sin duelo el cortejo de los años?
¿Qué queda del hombre cuando
Con anómala quietud
Arroja la flor postrera sobre el negro lecho?       
La calma primera, la anterior a todo,
No es tan inconcebible
Como esta que se ahonda entre la nieve cauta                            
Y va cubriendo, inconmovible, al conjunto de las cosas.

 

¡Oh la admirable claridad
Que va cegando nuestra vista enamorada!
Sólo la dicha de quien ha mirado
De frente al candor rubicundo y asesino
Del sol que omnipresente nos oprime
Con el peso de su luz henchida,
Sabrá explicarse a sí misma tal misterio:
El amor o el dolor que extiende el velo
Cual un sudario de sal en la flor de la mirada.

Y es que hay quien ha desnudado
—En largas horas de quietud sin mancha
Y de una impoluta soledad—
El amargo seno de una vida a oscuras,
Y no encuentra, mientras sigue a su esperanza
Sino un sendero inquieto de maltrechos interiores,
Luces raídas, adelgazadas por el uso                         
De una memoria que gusta de pisar sus mismas huellas;
No encuentra ya sino rumores
Ebrios y tambaleantes
Golpeando las paredes del aire,
Tropezando de pena,
Resonando como en hondas campanadas
Al compás del largo paso de la noche.                                    

 

¡Oh fervientes rezos
De beatíficas niñas y funestos labios!
La noche es un filtro que se vierte en la mirada
Y va invadiendo así, hora tras hora,
Año con año en su crecer sereno de marea,
Al agua pura en que se nutre el alma;
He ahí, hermano, el verídico Leteo,
El líquido fulgor que nos deslumbra
Y tiende su mano hacia nosotros.

 

Así vamos dejando que el silencio
—Y su cortejo y su polvo que se esparce,
Se asienta y petrifica—,
Funde su reino terminal sobre las cosas.

 

¡Oh el viento frío, reluciente de navajas
Que tirita y se colma de esplendores!
Tocadlo, hermano, sentid su herida sacra,
Mientras la nieve cruje
Bajo la gravedad sin mácula de un tiempo
Que ya nos alcanza, ya nos llama,
Una vez que resignadas,
Bajo un fino polvo de algodón oscuro,
Las luces del portal,
De la alcoba, la sangre y la palabra,
Van callando.

Breves copos de luz para la amada

 

I

Repta en ti mi palabra en su vigilia
Como una tibia lengua, que entusiasta,
Almibarada, dúctil y espaciosa,
Resbala por tus muslos en un canto
Undoso y ascendente,
Cual al evaporarse
Emite con su escala,
La púrpura bestial de los cerezos.

Resbala por tu sombra, innumerable,
Mi canto puramente estremecido;
Van mis diáfanas notas catedrales,
Alzando la tan húmeda estructura
Del aliento, la voz y del deseo.

Entera te transitan los vocablos,
Sonoros, cristalinos,
De irrefrenable sangre articulada;
Edénica estrechez que en tu horizonte,
Derrama sin embargo, luz de luz,
Finos albores de esplendente llama.

Convive con tu piel esa caricia
De la mirada mía, cautivada,
De su frágil cristal, siempre acechante,
Siempre brillo de múltiples latidos;
Ventana que se entrega a tu murmullo,
Imagen de una piel,
De algún lamento,
De un clamor voraz, desenfrenado,
En claras planicies de sol,
En brotes de agua y musical espuma.

Voy sobre ti como un murmullo,
Como una blanda lengua inmarcesible,
Como un lento flotar de cristalino aliento
Que se pierde,
En la fragancia numerosa
De tu vorágine central, pasión sin tregua,
De tu ombligo frágil, de tu sombra leve,
De tu boca de huracán,
Sol profundo de calor oscuro
Que se acerca,
Como una música ritual, como una ofrenda,
Como un labio sosegado que a mi voz se enciende
Y torna el palpitar en llama austera
Que hacia adentro, en lo profundo estalla
En violento cabalgar, en un destello
De lenta, fresca menta acrisolada.

Voy a tu cuerpo con pausa,
Con temblor de estrella;
Voy creciendo en tu interior,
Pulsando tus rincones,
Como va la luz del mediodía
Creciendo en la impaciencia de la hierba.
Voy a tu cuerpo violento,
Como esa sombra que amenaza al árbol,
Como el caballo que arremete al viento
Y lleva en su crin
La llama veloz de su carrera.

Va mi palabra sobre ti,
Paciente y calma como mar de niebla,
Rojiza y densa,
Estremecida,
En pena.
Va lamiendo por tu piel la sangre,
Va sembrando en ti su transparente huella.


II

Deja que me duerma en la pendiente
De los finos montes que con su cuerpo cercan
Las murallas de sal de la ciudad ahogada.

Deja que mi aliento encienda
El temblor enloquecido de sus fuentes,
La cicuta amarga de sus tenues labios,
El ardor indomeñable de sus mesas
De su pan, su cama y de su agua.

Deja que despierten centinelas,
Cercados todos por la voz del fuego;
Deja que a su sombra agiten
Pañuelos nevados los amantes,
Trémulos de miel, de amor exhaustos.
Que despierten y se eleven
Las cenizas blancas de la ardiente escena
De aquella lluvia pertinaz,
De aquellas multitudes negras,
Ácidas, desnudas,
De pie sobre la alfombra roja de la tarde herida,
De pie sobre la sal,
Sobre blanca luz de granulada luna.

Deja, amada, que la sombra de la augusta
Sodoma se levante en cantos,
Que la risa envuelva, como en un velo,
Las miradas de esos ángeles
Que atónitos, sonrojados, miran.


III

Tú eres el temblor,
La luz de la aceitosa, palpitante
Y desbocada almendra;
Tuyo es
El sonido de las graves noches
Que en los tumbos de la sangre se despiertan,
En iluminadas fragancias, como el sol de rosas
Que en tus labios posa con candor augusto,
Con sabia potencia de fulgente estío,
De musical, altiva iridiscencia
Entre altas olas de cristal y niebla.

Eres la tinta que en serpientes
Iluminar de canto quiere al horizonte.

Eres la lluvia,
El palpitante puente,
Que une la tormenta y la semilla,
La blanca aridez de los silencios
Con la fertilidad propicia del gemido.

Eres, amada,
Horizonte interminable,
Sucesión de imágenes, jardines,
Lloviznas, sueños, catedrales,
La forma que mi aliento toma,
Que mi sangre eleva en vaporosas líneas,
En dormidas cosas.
Eres, amada frágil de esplendente aurora,
Más que un labio una promesa,
Más que un sexo estremecido,
Un caminar de luz hacia el momento
Que todos los momentos erosiona;
Más que una sonrisa un fuego
Que tiembla y crece como la voz de un santo.

Amada, hoy te canto,
Coronada la mañana de tu aurora,
Lleno el aire de tu piel morena,
De tu constante cambio de estaciones
Que desprendes,
Como sombras coloridas,
Como arco iris de cristal,
Sobre todas las cosas,
Sobre todos los espejos y los ojos,
Y las mareas invictas del insomnio,
Y de las flores.

Hoy te canto que me estás ausente
Y trato de hablar, formarte a voces;
Pero eres tú tu propio canto,
Inefable, invencible, resistente
A mi pobre voz de ausencia acidulada,
A mi pluma que sale dando gritos
En aguda desesperación,
En cruel derrota.

Llena eres tú de mis sentidos;
Yo me quedo contemplando solo,
La tierna imposibilidad de mis intentos,
La ilegible soledad de una voz que se repite,
Duplicada entre la piel de vidrio
De un espejo solo,
De la piel vencida de un cantar sin canto.

 

IV

Ven amada
Hacia el inicio
De todo lo existente.
Al punto en que convergen
La nada omnipresente,
La oscuridad del fuego.
Ven amada, conmigo hacia el inicio.
Haremos el amor
Y la luz.


V

Creo en una sola piel,
Creadora eterna de invisibles,
De suspiros, cantos frescos
Y epifánicos rumores.

Creo en una sola voz,
Hija única de su aliento,
Nacida antes que todo lo cierto;
Voz de luz,
Voz verdadera de luz verdadera,
De la misma naturaleza que el lustroso invierno
Por quien habla al corazón el fuego.

Creo en las huellas que dibujan
Sus ojos solos encendiendo el viento,
En la larga escala que entre su cabello
Digita alegre la artesana aurora.

Creo en su cuerpo que es uno,
Tibio, desnudo y generoso;
En sus pies que son
Aún tan suyos,
De la misma medida de mis graves huellas.

Creo en el espíritu exacto,
Creador y abrasador de su palabra;
En la extensa comisura de su alma,
En la azul profundidad de su paciencia.

Creo en la iglesia de su cuerpo
Augusta, universal, impostergable.

Confieso que hay un solo fulgor,
Que en la extensión de su epidermis,
Es un mediodía de sal,
Una canción para la lengua atada
A las cadenas sacras de su piel de agua.

Espero la resurrección de su deseo,
Y la vida del mundo en su mundo
Amén.