Jacinto

 

 

A  Johnas López en  la ciudad del esperpento.

 

1. Poema Irreal  (tributo al sufrimiento)

 

En la ciudad de multitudes y barrancos guturales

el festejo de las pasiones es grisáceo

cual nectar de zumbido, carro y estampida

- con sus latidos mecánicos,

sus resonancias domésticas

de absurdo paso en la mujer andante

en el metro, en la falta de silencio.

Se esparcen con smog y voces chillantes

por el ancho de una vaga  subjetividad anclada

en algo que asciende y se presenta:

un irreal  festín del engranaje humano.

 

Irreal tu pelo, tu conciencia, tu concreto mirar

por millones y millones de  especificaciones

en donde el sueño son dientes que caen

en desfiladeros de alteridad y ego,

en la falta de ti mismo en el espejo desdoblado.

 

Yo te digo aquí

irreal es tu estancia en la ciudad

de fotografías subordinadas

por  el antiguo soplo del instinto

a la masacre de todas las paces.

 

E irreal es tú cámara y las filminas

de la acostumbrada sucesión de los encantos

que ya no están más en el sueño de la gaviota.

 

Yo te digo aquí

real eres en el canto del ganso

en los pasos que retumban en mi recuerdo

- un sonido y acuarela del momento antepasado.

 

Real del viento, real del sol, real del fruto

de la máscara empeñada en develarte

con tu rostro de Jacinto destrozado.

 

 

2. Cuesta abajo

 

Acudo a mi latido de esfinge

como quien acude a desentrañar

un silencio de siglos contraídos,

y es éste  un latido que se me va en el tiempo,

un pulso que aguarda una ruptura,

silencio nostálgico de unas venas enaltecidas

debajo de mi vestimenta de jacinto.

 

Aguardo ante la breve instancia

de la anterior bruma en mis pestañas,

la acojo en un mirar de contratiempo,

y en sentir la tierra cual devenir paralizado.

 

La esculpo, me la apropio toda ella,

la entierro en  bajorrelieves del instante perdido

bajo guardas de la memoria,

Que hagan perdurar la palabra rota,

el aquí distante ante el hecho

que circula por el aire incierto de mi nombre Jacinto.

 

Con un brevario del momento trasnochado

la mirada perdida en un viento en claustro:

reaccionario,  tuerto, y ahí siempre:

ahíto ante la duda inmarcesible

de un vestigio de mi nombre.

Acompañado por un ocaso de lunas y de voces,

deletreo mi sombra como mi nombre cuesta abajo .

 

 

3. En búsqueda de un Jacinto.

 

Jacinto arquea, danzante, su pie de filántropo en el alabastro.

En él humean  tormentas de algoritmos clandestinos

en su condición de lirio y laberinto consumado.

Sus cabellos que rozan la tierra

y despiertan al golpe de un martillo

como embrutecidos en el canto.

 

Su conveniencia  de raíces en sus piernas

adormece la  marea aplastante del crimen obstinado

- cometido ya no con quijada de adverbio estructurado

más sí con silencio de cántaro

y en él

un  agua que tiembla.

Sus ramajes de fracción oculta y perimetral

suenan como invertebrados

cuando la verdad es jadeo infranqueable y cristalino.

 

Jacinto nuevamente se arquea en su palabra

como queriendo encontrar la semilla

que debajo del agua remonte sus años de ausencia

al cáliz eterno del sol que toma distancia,

así como queriendo encontrar algo en su mirada.

(Y  al poniente un grito semejante al desvarío)

 

Quedo y distante ya Jacinto,

se parafrasea columpiándose en un malabar mal delineado.

 

En el estruendo del monte que tiembla a su paso

ya una incolora remembranza se le escapa

con la exactitud de la frase momentánea

rumbo al rítmico incendio del tormento en su faringe.         

en la soledad multiplicada, de los dedos en sus manos.

 

 

4. De lo que no se debe hacer cuando  se calla el tiempo.

 

De cuando en cuando residí en una disgregación

fusionándose mi palabra con la precaución de la mentira.

 

La palabra se resquebrajó cual verdad ardiendo,

con demasiadas cenizas esparciéndose a lo alto y bajo,

a un lado y otro, con amargo sabor de esquizofrenia.

Dejando el olor de la muerte

en el palpitar de una campana violenta

 

Campana vibrante de muerte al cuarto para las once

Pero este momento se volvió estático de cuerda y perno,

pues el tiempo calla aproximadamente cada segundo

y la palabra se prostituye en pensamientos primarios

cuando los ecos se vuelven  señales demarcativas.

 

Jacinto no atiende las doce caras divididas en un sol.

Doce caras multiplicadas por cinco, dos y siete

que se vuelven concéntricas al tiempo.

Sin alguna explicación de gis y borrador,

a causa de la inferioridad numérica de la arena

todo se encuentra sumergido en pozos, en redes,

cristales, y en dunas de lamentos históricos.

 

Ya sea de cemento o asfalto más que negro

Jacinto es aspirado en un sorbo de la madre tierra.

 

De cuando en cuando escucho al goteo del viento gotear

de las manos de jacinto palmeando sus enramases

y sus  años disfrazados entre relojes

con manecillas de color piel y pestañeo.

Y descubro con las manos de cielo ralo derretido

que es tan sólo una ilusión óptica en los párpados

la de Jacinto construyendo:

el mundo de los erráticos y moribundos.

 

El marcar al tiempo con cualquier unidad es erróneo,

la frecuencia de un momento se mide en recuerdos,

y el pasar del tiempo se mide en lágrimas y Jacintos muertos.

 

5. Poética de la forma perdida.

 

Dormir la fantasía del sedentario,

anticipadamente evacuado

por su innata lucidez

de luciérnaga emanada del polvo.

 

Es construir la paciencia del puente,

de la naranja apenas  inventada,

del tranvía que descarrila

sus ansias de movimiento feroz.

 

Es la muerte más muerte,

es apostar por la inmovilidad del caracol,

es el eclipse que apenas acaso

recorre arcos y ventanas por tus sueños, Jacinto,

como sustentando tú diminuta sencillez de niebla

y tú  encrucijada de destierros oníricos

quizá a la faz de cualquier vestigio de ti mismo.

 

Dormir el sueño del profeta embriagándose

por un insomnio encontrado de bruces.

Allí, en la permanencia del rostro oculto

que anticipa el autismo de la lechuza

y el manantial petrificado por instantes

ante el siempre temeroso simulacro de la inercia.

Es un encuentro sin espera, Jacinto, debajo del sol

en la cavidad de la forma extraviada.

Es el aviso más ausente y decoroso

de la proporción total de Jacinto que toma forma.

 

 

6.  Poema de la óptica distinta.

 

Hagamos una óptica construida

de alcachofas y faroles de luz mercurial.

Con el sonido del agua ligera corriendo

en el punto  central de una calle oblicua,

para quebrar las palabras de Jacinto

en cientos de manifiestos ensordecedores.

 

A una canción fatigada,

quitémosle su aliento de mares andados,

de plumas y de cuerdas para romper el ruido y señalar.

Ya basta de sonrisas de mazapán

en el corte de una cebolla blanca,

de los sacrificios en semáforos con tráfico y fuego.

 

Haremos con todas las manos

un manantial de credos hedonistas

para vencer el miedo de concretar

la simple ocurrencia de los brazos

sujetos a ellos mismos y a su jovial entendimiento.

 

Hagamos brotar la pauta de los silencios bajos,

llenos de paz de muerto

y bosque emancipado

a la luz de estrellas con galaxia vieja.

 

Y por cada lamento que se deshaga

jugaremos debajo de nuestras propias faldas y mentones

a las escondidas con gritos y señas pueriles,

para mirarte la cara y reconocerte Jacinto

como lo mismo que yo:

con barbilla y genitales

con pudor ecléctico de oficio nuevo.

 

 

7. Poema de finales y trazo.

 

¿Qué es tu rostro con mirada de diluvio

sino un anzuelo varado en bahía lejana?.

Itinerario incierto de huellas en cemento,

lamento cotidiano en precisa sincronía

con la tendencia envejecedora

a encorvar tus hombros y cerrar los labios.

 

Jacinto ocultas tu discurso en otros ojos

con rasgos concretos de órbita lejana.

Te he hablado, Jacinto, de lo blanco de las gaviotas

de un invierno cansado evitando  la noche,

y he dicho ciertas veces que tu silueta

es lo más propenso a volvernos locos.

 

Un amuleto de tardíos despertares tu discurso

simulacro de antagonismos en lo alto de la lluvia.

Cuando hablas con voz de profeta

y prefieres la caída  que la histeria de reirte solo

- promulgando dudas detrás de las esquinas

con tu esqueleto como insignia de los socorridos

 

Camina pues, Jacinto, con paso tímido y pequeño,

demuestra la superioridad del encanto y la magia

sobre la pesada manía de volvernos hombres.